miércoles, 14 de septiembre de 2011

Y casi sin darnos cuenta.


   Sin darnos cuenta, caminamos. No hemos mirado atrás y no nos damos cuenta de que los demás han parado. Tienen envidia, de nuestra risa y lo genial de lo nuestro. Nadie puede decir que nos entiende, porque lo nuestro es demasiado diferente, demasiado estúpidamente maravilloso para ello. Sigue caminando, no pares, cuanto más camines, más cosas encontrarás por el camino. Agárrame de la mano, fuerte, no me sueltes. Ignora los comentarios de los ignorantes que se han quedado por el camino, que se han cansado de vivir. Todo, contigo lo quiero vivir todo. Y me acojona, me acojona cuando pienso en lo (casi) perfecto de lo nuestro, y en las pequeñas dudas y eso. Sobretodo, no pares de hablar, quiero saberlo todo de ti, quiero asustarme con tus confesiones y con tus estúpidos chistes, reírme con mis recuerdos, contártelo todo, inventarnos temas para no parar de hablar. No te calles, no quiero más silencio. Me da igual, que se rompa la barrera del sonido, grita si hace falta. Camina, no mires atrás, ¡que más da! Que los demás se queden atrás.

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